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Vivir con luz: en casa con Cecilia Renard

En las colinas de Mallorca, la fotógrafa Cecilia Renard ha construido una casa formada poco a poco por la luz, la memoria y la vida en familia.

En las colinas de Andratx, el día comienza lentamente. La luz se desplaza sobre las montañas de la Tramuntana y se desliza silenciosamente dentro de la casa, posándose en suelos, paredes y objetos que han encontrado su lugar con el tiempo. En esta luz cambiante, el hogar de la fotógrafa Cecilia Renard se revela no de una sola vez, sino a través de fragmentos de momentos y recuerdos.


«Habíamos estado buscando una casa en Mallorca durante mucho tiempo, después de seis años viviendo en la isla», comparte. Cuando finalmente apareció la vivienda, llegó en un momento de transición. Cecilia estaba embarazada de ocho meses cuando la vieron por primera vez, y firmaron los papeles justo después de que naciera su hijo Guido. Desde el principio, la conexión fue inmediata. «La primera vez que la visitamos, nos enamoramos de la luz, los espacios abiertos y los techos altos.»

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«Una casa así no se decora,
se construye con el tiempo.»

La casa había pertenecido a un pintor mallorquín de unos noventa años, y su presencia aún se percibe. En lugar de empezar de cero, ella abordó la vivienda como algo sobre lo que construir. «Decidimos conservar lo más importante que ya estaba allí: las vigas, los suelos de la planta superior, la carpintería y la escalera». Algunos de sus objetos aún permanecen, discretamente integrados en la vida cotidiana. La mesa del comedor sigue en uso, la alfombra del salón se ha convertido en una de sus piezas favoritas y varias de sus pinturas continúan colgadas en las paredes. Este diálogo entre pasado y presente es fundamental en su forma de habitar el espacio. Hacer un lugar propio, explica, consiste en «respetar lo que ya estaba allí e ir añadiendo cosas poco a poco». Desde el exterior, la casa puede parecer terminada, pero ella la ve de otra manera. Siempre hay detalles que revisar y nuevas capas por descubrir.


Desde el principio, la casa fue concebida como un hogar familiar. Cecilia inició la renovación con su hijo mayor ya en brazos, y esa experiencia marcó cada decisión posterior. Se derribaron muros para crear espacios abiertos y conectados, y la cocina se diseñó como un lugar para toda la familia. En el exterior, un patio ofrece espacio para jugar. Con el tiempo, se han creado pequeños rincones donde los niños pueden gatear, descansar y compartir tiempo juntos. Su dormitorio, con su suelo de baldosas original, se ha convertido en uno de los espacios más acogedores de la casa. Vivir aquí, reflexiona Cecilia, significa «adaptarse constantemente, dejando que la casa evolucione con ellos».

La renovación siguió esta misma filosofía. Con la ayuda de su amiga, la arquitecta Marina Senabre, y trabajando con un presupuesto ajustado, Cecilia optó por un enfoque más personal, colaborando con un pequeño equipo cercano, incluyendo un padre y su hijo que realizaron gran parte del trabajo a mano. No hubo prisa por terminarlo todo de una vez. En cambio, el proceso se extendió durante casi un año, guiado por una visión de cómo querían vivir. Incluso ahora, ese proceso continúa. «Seguimos añadiendo cosas poco a poco, terminando rincones cuando podemos».

Lo que hace que el espacio se sienta verdaderamente vivido es la presencia de objetos con significado. «Un hogar habitado es aquel lleno de cosas que tienen una razón detrás», reflexiona Cecilia. Hay piezas heredadas de la familia, como un aparador que perteneció a la abuela de su pareja Mateo, junto con muebles de sus propios padres y objetos traídos de Argentina. El hogar también está lleno de elementos hechos a mano. Mateo creó los tiradores de madera de la cocina y los cuchillos, mientras que Cecilia elaboró las luminarias de cerámica y la vajilla. Juntos han construido varias piezas de mobiliario, añadiendo otra capa de conexión al espacio.

«Vivir aquí significa vivir con el movimiento del sol, tanto a lo largo del día como a lo largo del año.»

También hay obras de personas que admira, desde ceramistas hasta amigos cercanos. Los cuadros de la artista Cris Aguirre cuelgan en las paredes, mientras que libros y revistas, incluidos los que recogen su propia fotografía, se reparten por toda la casa. Nada parece puramente decorativo. Un rincón tiene un significado especialmente personal. Una estantería del salón, traída desde Argentina, tiene su propia historia. Cecilia conoció a su creador, Alejandro Sticotti, mientras lo fotografiaba, antes de que falleciera. La pieza acumula ahora capas de memoria, desde sus raíces argentinas hasta su trabajo y sus viajes. Con el tiempo, la ha ido llenando de cerámica, libros y objetos recogidos a lo largo de los años, construyendo así un retrato íntimo de su vida.

Su forma de entender la fotografía refleja la manera en que habita su casa. Trabaja principalmente con fotografía analógica y abraza una forma de mirar más pausada e intencionada. «Cuando sabes que cada carrete son treinta y seis decisiones, te detienes y miras de otra manera.» Hay menos espacio para lo superfluo y más atención a lo que realmente importa. Esta manera de pensar se extiende a su vida cotidiana, donde encuentra inspiración en lo ordinario. Una fruta sobre la mesa, flores marchitas, un momento de juego o la forma en que la luz atraviesa una habitación.

La luz es una presencia constante en la casa, que moldea tanto el ambiente como la rutina. Cecilia creció en Menorca rodeada de la luz balear, y esa luz sigue influyendo en su manera de ver el mundo. En su casa de Mallorca, la vista desde las ventanas se extiende sobre montañas y campo abierto. La casa da al este, lo que permite que el sol de la mañana llene las habitaciones del frente, mientras que la luz de la tarde se desplaza hacia el patio. En ciertos momentos, sobre todo a primera hora del día o al atardecer, la luz se vuelve imposible de ignorar.

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«Los niños acurrucados en mi cama, las sábanas arrugadas, la primera luz del día entrando, y las montañas al fondo. Fotografiado en película, sin nada preparado. Esa imagen contendría las cosas más importantes de esta casa: ellos, esta luz, y este momento de mi vida.»

Algunos de los aspectos más significativos del hogar son los que permanecen invisibles para los demás. Cecilia recuerda la vista desde la ventana de su dormitorio al amanecer, una escena que ha contemplado durante muchas tomas nocturnas. Es un momento pequeño y privado, que le pertenece únicamente a ella. También se descubre volviendo a los objetos que dejó el propietario anterior, desde sus cuadros hasta sus muebles, como la alfombra del salón. Piezas que a otros podrían parecer corrientes siguen teniendo peso, como un recordatorio silencioso del pasado de la casa. Si tuviera que capturar la esencia de su hogar en una sola imagen, no sería una imagen compuesta ni refinada. Sería una mañana ordinaria, de las que pasan casi sin ser notadas.